Hace dos anyos cuando estuve en Costa Rica, un guía me dijo que si fuese el Rey del Mundo lo primero que haría sería prohibir los zapatos. En ese momento pensé que era el típico flipao, pero una vez más me estaba equivocando…
Llevamos unos 50 días en Brasil y habré ido con las típicas hawaianas 47. Y he de decir que es una libertad total. Tener los pies bien aireados, como decía el guía, debería ser obligatorio.

El apogeo de la libertad pedestre arribó en Morro de São Paulo, donde la ausencia de vehículos motorizados y las calles de arena permtían lo que hemos bautizado como «descalzismo». Día y noche en contacto directo con nuestra madre tierra, qué más se puede pedir?
Este culto al pie ha traído consecuencias, y es que en estas circunstancias vale la pena adornar un poco la extremidad en cuestión, más que nada por aquello que algunas chicas se fijan mucho en los pies (no se si será cierto, yo noto que me miran más el culo). Yo en particular me he puesto un anillo que me regaló una argentina (gracias Natalia!) con el que no se si estoy más cerca de Beckham o de Leonardo Dantés.

En esta misma línea también nos hemos aficionado al «sincamisetismo», también como síntoma de libertad pero a la vez como una eficiente manera de lavar menos ropa. Cuando la limpieza se suele realizar en una ducha con una pastilla de jabón, es de agradecer.

En fin senhores, que todavía no vamos en pelota picada, pero todo se andará.



