La jaula de oro

BSO: Un velero llamado Libertad, de José Luis Perales.

Minutos antes de la cena de Nochebuena pasada, le anuncié a mis padres que me iba a ir de viaje a Sudamérica durante un año. La primera reacción fue la comprensible de cualquier progenitor. Pero minutos después, ya estábamos hablando sobre reencuentros en Quito y cruceros por las Galápagos, aprovechando las vacaciones estivales de España.

Y mezclando ese deseo lógico de ver a un hijo, con la generosidad de mi señora madre, aliñados por su deseo de juventud de visitar las Islas Galápagos, acabamos haciendo un crucero por todo lo alto. Y cuando digo por todo lo alto, me refiero precisamente a eso: por Todo lo Alto. En mayúsculas. Ya avanzaba en el post anterior que había estado rodeado de toda clase de lujos, pero hoy vamos a ver en concreto de qué estaba hablando.

La vida padre.

Después de aterrizar en el minúsculo aeropuerto de las islas, nos esperaba allí un fulano vestido de marinerito: un atuendo que le hacía caminar entre la delgada línea que separa al mariposón del payaso. El lenguaje en el que este tipo se dirigía a nosotros se sustentaba en dos apreciaciones: nos hablaba como si fuéramos retrasados y nos hacía descaradamente la pelota. Cosa que, como os podéis imaginar, me ponía de los mismos nervios y me daban ganas de meterle un dedo en el ojo.

Y después de esa declaración de intenciones, llegamos al magnífico barco Galápagos Explorer II, lo que iba a ser nuestra morada durante cinco largas jornadas. De un vistazo me di cuenta que estaba rodeado de una multitud de millonarios plurinacionales, donde destacaban por encima de todos los venidos de la tierra esa que separa México de Canadá. Como os podéis imaginar, tras siete meses de maltrato a mis ya de por si maltrechos ropajes, con aquella concurrencia un servidor era de lo más llamativo y extraño. Pero, ataviado de mi inseparable gorra verde y del indispensable polo de rayas, y con altas dosis de saber-estar, me dispuse a integrarme en esa sociedad formada por una amalgama de ricachones de toda procedencia.

Aún así, obviamente, cada día le pedía las novedades al señor Capitán.
Tanto fue así, que al final me hice con el mando del barco.

No pasaba desapercibido, y a decir verdad, tampoco lo pretendía. En cierta manera era un triunfo del mochilerismo ante el turismo de alta alcurnia, así que decidí, dentro de mis limitaciones, disfrutar de toda clase de lujos durante unos días.

La idea era que hacíamos una excursión por la mañana y otra por la tarde. Y digo excursión por decir algo, pues el recorrido era el mismo para los varios octogenarios que estaban a bordo que para los que todavía no hemos llegado a los 30. Así que como os podéis figurar, un servidor necesitaba un ritmo más elevado y una exigencia física mayor. En definitiva, las excursiones eran maravillosas porque las islas también lo eran, pero yo necesitaba mucha más tralla y con un poco más de energía estoy convencido de que habríamos visto muchas más cosas y en consecuencia habríamos disfrutado mucho más.

Ese era nuestro plan de vida, siempre aliñado por una clara sobrealimentación. Por la mañana desayuno tipo bufet, con un tipo con gorro de cocinero que hacía tortillas al gusto. Después de volver de la excursión, un pica-pica en la terraza. De comer, otro bufet de esos que no se salta un gitano, de los de ponerte tibio y desabrocharte el botón del pantalón. Y obviamente, después de volver de la excursión vespertina, otros canapeses. Y la estrella: la cena, como en el mejor de los restaurantes. La típica cena de, por ejemplo:

  • Bouquet de ensalada de camarones aliñada con aceite de finas hierbas y toque de maracuyá.
  • Crema de verduras caramelizadas con esencia de magret de pato.
  • Redondo de avestruz con pastel de zanahoria y calabaza, con puré de frambuesas y yuca al horno con nueces de macadamia.
  • Milhojas de chocolate fundido con arándanos caramelizados con esencia de pistacho.

Y esto lo digo por decir algo, menú totalmente inventado pero que bien podría haber sido nuestra dieta nocturna de cualquiera de los días.

Los que servían el suculento bufet, perfectamente ataviados.
Pijada que uno no sabía si había que comerse o fotografiarla.
El típico postre con flor de chocolate innecesaria.

Además de lujos gastronómicos, vamos con otra serie de detalles no menos importantes: Terraza con jacuzzi a 40 grados, piano-bar con camarero con pajarita haciendo cócteles, solarium en la última planta, sala biblioteca con un enorme ajedrez, masajista que hacía tratamientos de barro; y gente, mucha gente trabajando en cualquier esquina dispuesta a hacerte la pelota en el momento que fuera necesario.

Párrafo aparte merecen las toallas. Yo, que viajo con una toalla y la lavo cuando puedo (llamadme guarro, pero una vez cada tres semanas, más o menos), no podía creer que allí se consumieran una media de siete toallas por persona y día: la de la excursión de la mañana, la del jacuzzi de la mañana, dos más para lo mismo de la tarde, la de la ducha, la de los pies y la de la cara. En fin, un derroche sin igual. Y no acaba ahí la historia, pues cada día al llegar te encontrabas las toallas haciendo formas imposibles:

Un perro. O un conejo. O algo.
La familia pájaro y un par de cisnes formando un corazón. ¡Oh....!.

Y todo esto al son que marcaba una voz que no paraba de sonar bilingüemente durante todo el día: «señores, hora de levantarse«, «in five minutes in the piano-bar…«, «en diez minutos desembarcamos en…«, «tienen a su disposición en el salón principal…«, «en la terraza del jacuzzi podrán disfrutar de…«. Aquella voz, que era como el Gran Hermano, no paraba en todo el día de martillearte en la cabeza y de marcarte lo que tenías que hacer en cada minuto.

Sin embargo, lo que más me sorprendió fue que todos aquellos propietarios de abultadas cuentas corrientes, fueran escrupulosamente obedientes a la hora de hacer lo que el Gran Hermano decía. Parecían teledirigidos y nadie se planteaba no hacer lo que en cada momento HABÍA que hacer. Y pongo ese había en mayúsculas, puesto que no deja de ser curioso que en un crucero de megalujo te digan siempre cual es tu deber.

Millonarios obedeciendo en un supuesto simulacro de naufragio.

Y claro, yo que llevo ya más de 200 días haciendo lo que me viene en gana, no llevaba para nada bien ese régimen carcelario. Y yo creo que no era el único: un abultado grupo de cincuento-solteronas canadienses no era capaz de encontrar asueto para sus tardíamente revolucionadas hormonas por falta de caballeros dispuestos a complacerlas. Algunos niños a bordo no tenían suficiente espacio para derrochar toda su energía. Varios recién casados no encontraban momentos para hacer uso de su recién estrenado matrimonio. Y este que os escribe se tenía que ir, en contra de su voluntad a dormir a las diez de la noche, porque en la jaula de oro ya no quedaba nada que hacer. Porque a partir de esa hora todo era prohibitivamente caro: internet a 15 dólares la hora (!), un cóctel a 10 dólares (!).

En conclusión, dos cosas me molestaban especialmente: estar completamente encerrado, preso dentro de un hotel de lujo flotante y que me dijeran en cada momento qué tenía que hacer. Eso sí, conseguí sobrellevarlo todo muy bien, sobretodo gracias a la gran familia que formamos en el barco:

La familia a bordo.

Quizás uno no tenga carne de millonario, lo reconozco, pero se me ocurren miles de formas mejores de disfrutar de esas islas que tras unos barrotes de oro.

***

Por otro lado, informamos al personal que el próximo JUEVES 16 de SEPTIEMBRE, a las 22.00 hora peninsular de España, llevaremos a cabo la prueba propuesta por Guille Casasnovas en loquequieraspor10euros, el chat multitudinario de seguidores del blog de la Épica.

Para participar debéis tener una cuenta de gmail (si no tenéis cuenta de gmail, haceos una que además os estáis haciendo un gran favor a vuestras vidas: Google, patrocínanos ya!) y aseguraros de tener en contactos de chat al señor Casas o a mí; y estar conectados a la hora y día convenidos.

Cualquier duda que tengáis al respecto estaremos encantados de resolverla vía comment o vía email.

¡Apúntense al multi-chat de la Épica!

Selección natural

BSO: La única canción que habla de lagartos y cosas similares que se conoce, Comerranas, de Seguridad Social.

En el post de hoy nos remontamos hasta el muy lejano 1535, cuando un fraile español, llamado Tomás de Berlanga fue el primer hombre conocido en encontrar las que hoy día conocemos como islas Galápagos, un archipiélago perdido en el Pacífico a más de mil kilómetros de cualquier tierra firme. El afamado fraile abandonó Panamá para dirigirse a Perú a mediar en favor del mismísimo Pizarro. Tras varios días de desafortunada navegación, el más puro azar hizo topar su nave con aquellas inhóspitas islas.

Vista de la isla de San Bartolomé.

La sorpresa del fraile fue mayúscula, básicamente por la ausencia total de vegetación y por la gran variedad de animales de toda condición: tortugas, iguanas, lobos marinos…

Sin embargo, no fue hasta exactamente 300 años después, con la llegada de un joven y todavía desconocido Charles Darwin que las islas no alcanzaron gran relevancia a nivel mundial. Y gracias al genial inglés, el encargado de dar una de las pruebas más irrefutables de la inexistencia de dios, el nombre de las Galápagos irá siempre unido al de la evolución de las especies y a la selección natural. La explicación científica a la eterna cuestión de la creación y la demostración palpable de lo ficticio de aquello de los siete días. Sin embargo, en pleno siglo XXI todavía existen reductos que siguen creyendo en el creacionismo como fuerza elemental de la vida. Pero ese ya es otro tema: el de la estupidez humana, del que hablaremos otro día.

Un árbol medio muerto, hierba y un fondo bonito hacen una buena foto.

Bien, pues ya bien entrado el siglo XX, una joven adolescente de 15 años, mi señora madre, leía con pasión los apuntes del naturalista inglés y fantaseaba con poder, algún día, pisar aquellas maravillosas islas que habían inspirado tan notable descubrimiento.

La clásica tortuga de mar que se bañaba tranquilamente delante mío.

Y así fue como, tras un feliz reencuentro con mis queridos padres, pusimos rumbo hacia las islas Galápagos, con la particularidad que ibamos a verlas en un estado muy parecido a como las encontró Berlanga, a como las describió Darwin en sus apuntes y a como las leyó aquella adolescente.

Primero tuve que torear a este par de iguanas.
Para que posaran junto con mis queridos padres.

Hemos sido privilegiados en presenciar uno de los pocos lugares del mundo por los que el tiempo no parece haber pasado. Hemos estado varios días navegando y paseando por diferentes islas sin ver rastro o vestigio de actividad humana alguna.

Un lobo marino haciendo "el muerto" y al final nuestro barquichuelo.

Nuestros únicos acompañantes eran los numerosos lobos marinos, iguanas, cangrejos, tortugas y pájaros de todo tipo que, desde hace siglos y siglos, y gracias al increíble nivel de adaptación al medio, son los habitantes casi únicos del archipiélago.

Un cangrejo medita si tirarse al mar azul turquesa o no.

La verdad es que tuvimos muchos momentos muy especiales en los que la sintonía entre el medio natural y nosotros, se nos presentaba de tal manera que éramos espectadores de una obra teatral totalmente natural, hecha solamente para nosotros.

Un pajarillo reposa en el caparazón de una tortuga gigante.

Encontrarse rodeado de -literalmente- miles de iguanas, completamente negras para poderse camuflar en los suelos volcánicos mientras escupían y se calentaban al sol. Sumergirse para que todo un banco de peces de colores pase a milímetros tuyos y observar lo hábiles que son los peces esquivando cualquier obstáculo imprevisto. Admirar el vuelo de unos pájaros con las patas completamente azules u otros con una bolsa roja enorme en el gaznate. Mirar bajo el agua con unas gafas de buceo y descubrir media docena de tortugas que cada una de ellas es más grande que uno; e incluso perseguirlas y darse cuenta de que en el mar son inalcanzables. Chocarse cara a cara con un lobo marino y quedar asustado de como una animal tan torpe en tierra puede ser tan hábil en el mar.

Un iguana terrestre.
Unos curiosos pajarillos de patas y pico azul poblaban las islas.
Aunque todos le llamemos foca, se trata de un lobo marino.
Unos pájaros la mar de extraños llamados fragatas.
Centenares de iguanas marinas descansaban al sol.
Tortugas gigantes.

Y de estas muchas, cada día varias. Fueron cinco días en un crucero -que merece un post aparte- rodeado de toda clase de lujos, con dos tranquilas excursiones naturalistas por día, una por la mañana y una por la tarde. Sinceramente fue una muy buena experiencia aunque a veces me sentía como un pulpo en un garaje, pero esa maravilla de la naturaleza bien lo merecía.

Otra sesión de saltos.
Tortuga, a ver si saltas lo que yo.

Selección natural en estado puro, y os propongo ese título por dos motivos: como homenaje a Darwin y a sus pesquisas y descubrimientos; y porque lo que pudimos presenciar durante aquellos días, parecía una selección de los mejores momentos de la naturaleza, solamente para nosotros.

Genial foto caminando por una magnifica y solitaria playa.
Entre tortugas.
Para ir cerrando, una demostración de mi inigualable fuerza levantando roca volcánica y la prueba de que, obviamente, el polo de rayas también viajó a Galápagos.

***

No puedo dejar pasar la oportunidad de lamentar la muerte de un notable campeón: el francés Laurent Fignon. Una vez más tenemos que narrar la muerte de un ciclista en otra de esas macabras coincidencias entre dopados y muertes extrañas. Pero es así, el ciclismo es así.

El gran Fignon.

Fignon quizás fue el último revolucionario del ciclismo, con sus gafas de alambre, su coleta rubia al viento, su incipiente calvicie y sus dos hechos más destacados: sus Tours y el mítico escupitajo a la cámara de TVE. Así era este genial francés, esperemos, el último campeón muerto.

Derecho de admisión

BSO: Derecho de admisión, de Ska-P.

Los que estáis atentos a este blog sabéis que, en el nombre de la Épica, visitamos la afamada ciudad de Cartagena de Indias, en la costa Caribe de Colombia. Pues hoy vamos a hablar de ella. Con todos ustedes: Cartagena de Indias, o como la bautizamos nosotros, Cartagerna sin Indias.

Bella plaza cartagenera.

Cartagena es a todos los efectos una ciudad preciosa. El centro está impregnado por ese halo caribeño adinerado que te impulsa a ponerte un traje de lino blanco, fumarte un buen habano y pasear con las mangas arremangadas al atardecer. Los afanados turistas gastan energías tratando de fotografiar ese espíritu, aunque son conscientes de que anhelan un imposible. Cartagena es una ciudad de postal. Y es precisamente eso su mayor virtud y su principal defecto.

Cuando una ciudad es demasiado bonita, se convierte irremediablemente en una ciudad turística, pero en el mal sentido de la palabra. Me refiero a ese tipo de turismo acaudalado excluyente, que deja a los visitantes de poca alcurnia como nosotros en clara posición de fuera de juego. Estamos fuerísima, solíamos exclamar sin faltarnos razón.

Folklore para gringos.

Y es porque Cartagena no es más que un parque temático para adinerados extrangeros que juegan mentalmente a ser los absurdos protagonistas de una novela de García Márquez. Cartagena es una de esas ciudades sin alma, artificial, cuyo mayor encanto no va más allá de un giratorio estante de postales.

¡Hasta coches de caballos!

Muestras de ello hay muchas, pero quizás la más significativa sea que en una ciudad caribeña, donde incluso de noche el termómetro nunca marca menos de 30 grados, exigen para cruzar el umbral de cualquier discoteca un pantalón hasta los pies.

Reservado el derecho de admisión, nos repitieron hasta la saciedad, por culpa de empeñarnos en mostrar las pantorrillas. El derecho a la discriminación, deberían haber dicho, pues las mujeres podían entrar como les viniera en gana. Otra muestra más del femimachismo mal entendido y de la neciedad más pura.

Imitación cutre del ibicenco Café del Mar.

¿Pueden sino decirme qué encanto puede tener una ciudad cuyas únicas ofertas culturales nocturnas son el yacimiento concubínico con hembra a salario y el empolvamiento ilegal de fosa nasal? Si no somos aduladores de María Magdalena; si no disfrutamos de las materias primas colombianas, ¿qué pintamos en esa ciudad llena de pintamonas?

Y de esta manera es como Cartagena de Indias pasa a engrosar la lista de ciudades absurdamente bellas y absurdamente falsas, presidida por la croata Dubrovnik.

Cabús en un cañón con pinta de... (acaben esta frase en los comentarios, por favor).

Reservado el derecho de admisión deberían decir, pero no a la entrada de las discotecas, sino a la entrada de la ciudad. ¿Admisión? Precisamente de eso hablamos: convertir en esa mierda una bella ciudad, debería ser inadmisible.

***
Este post se podría resumir así: «Cartagena mola, pero es una mierda porque solo hay guiris con pantalón largo, rodeados de putas y esnifando cocaína«.

El resto es puro artificio lexicográfico.

Despedidas serán encuentros

BSO: Brindo, de Andrés Calamaro.

Aunque en realidad fue mucho antes, esta aventura comenzó de facto un 9 de febrero en el aeropuerto del Prat de Barcelona. Allí, una vez facturadas las maletas y esperando en la puerta de embarque, sonó el teléfono de Casas por última vez en suelo español. Al otro lado, varios miembros de la Nova Fornada: Xarli, Cabús, Barrulas y Jevi, que habían venido a darnos una sorpresiva despedida.

Jevi, Cabús, un servidor, Xarli y Barrulas. Con mención especial para la señora que empuja carro a la izquierda.

A los tres primeros tuve el privilegio de encontrarlos en mi periplo colombiano. Al último no me lo encontré en Bolivia por una semana, y pese a no vernos incluso pudimos sentir cercana nuestra mutua presencia.

La papelera de Cochabamba.

Y de eso quería hablaros en el post de hoy. De la relación directa entre las despedidas y los encuentros. Alguien dirá que encontrarme a tres de las cuatro últimas personas que vi antes de partir es fruto de la casualidad. Pero como hemos demostrado muchas veces desde esta tribuna, las casualidades no existen. Así que los designios de la Épica, me trajeron el gran placer de compartir viaje con estos señores. Y no sólo con estos, pues otro grande, Lucho de la Epsi también nos acompañó un buen puñado de días.

En nuestra primera noche en Bogotá, en el bizarre hostel Locombia, nos esperaba este espejo de la Epsilon, que demostró una vez más lo mal que se llevan espejos y flashes.

Si os digo la verdad, lo necesitaba. Necesitaba estar con gente a la que no haya que explicarle nada. Llevo seis meses viajando y he conocido a mucha gente, mucha de ella maravillosa y algunos incluso se han convertido en buenos amigos. Pero, inevitablemente, cualquier conversación con alguien en este tiempo siempre comienza de la misma manera: explicando un poco quien eres, qué estás haciendo y qué te ha llevado hasta esa conversación. Y eso un tiempo está muy bien, pero al final agota un poco. Es siempre empezar de cero una relación y eso es una sensación nueva, satisfactoria, pero quizás un poco fatigante.

El equipo completo.

Así que ya me venía muy bien encontrar caras conocidas, gente que sabe quien eres, como eres y con la que demasiadas veces, las palabras no son necesarias. Y ahora que, después del encuentro ya nos hemos despedido, estoy recuperado. Estoy ya dispuesto para contarle a todo el mundo cual es mi historia y a buscar dentro de los millones de personas que habitan o viajan por este continente, a los verdaderos amigos de la Épica.

Y hablando de despedidas y de encuentros, mañana mismo me encuentro con otros viejos amigos de la Épica. Pronto descubriréis quien son.

Para cerrar, la última cena en aquella mansión donde tan felices fuimos.

Hasta ese momento, como dice la genial canción que encabeza hoy el post, brindo por las despedidas y brindo sobretodo por los encuentros. Señores, fue un placer viajar con ustedes.

Allanamiento de morada

BSO: Tranqui tronqui (me han robado la mountain bike), de Sergio Makaroff.

Tarde o temprano tenía que pasar. Todo el mundo sabe que vagar sin rumbo por el mundo durante un tiempo largo, lleva implícito el peligro a ser robado, atracado o similar. Gracias a la Épica, hasta la fecha había esquivado todos los peligros, pero ya tenemos con nosotros la primera crónica de un robo en este blog.

Todo empezó un viernes cualquiera en Medellín, Colombia, a las seis de la mañana, cuando dos miembros del grupo de la Épica, conocieron a una acaudalada señora con la que departieron amigablemente. La señora, gentil como pocas y oriunda de Santa Marta, nuestro próximo destino, nos ofreció la posibilidad de dormir en su casa, cosa que ante la gratuidad aceptamos sin dudar.

Esta casa es una ruina: una colchoneta de sky era nuestro sofá y una olla el cenicero.
Esta casa es una ruina: lavabo sin puerta, cables por ahí sueltos... y mucha mierda!

Llegados a Santa Marta, nos pusimos en contacto con la persona que nos iba a dejar las llaves. La llegada a la casa fue dubitativa: era una estancia muy grande, con muchas habitaciones, pero en un estado bastante lamentable, como a medio construir, muy sucio, y lo más curioso, no tenía muebles. La mujer nos había dicho que era la típica casa de sólo para dormir, y tenía razón, pues los únicos elementos de la casa eran ocho camas. Ni una sola silla, ni una mesa, ni un plato, nada, solo ocho camas y abandono y precariedad. ¡Esta casa es una ruina! -pensamos- pero ante la gratuidad acudimos raudos al refranero para acordarnos del caballo regalado. Así que, sin mirar el dentado, nos quedamos habitando lo que iba a ser nuestra casa por unos cuantos días.

Pensamos varias veces que no era un lugar demasiado seguro, puesto que las cerraduras eran de mírame y no me toques y porque el barrio no era precisamente el Beverly Hills del lugar. Aún así, rápidamente nos hicimos con el lugar y nos despreocupamos en exceso.

Nuestro perro guardián no parecía el más fiero...

Y así fue como salimos de juerga un rato y al volver nos encontramos con una puerta sin el cerrojo echado: habían entrado. Habíamos sufrido en carne propia esa frase tan cinematrográfica y que siempre tanto me ha gustado: allanamiento de morada.

Alta seguridad colombiana.

Lexicografía aparte, y aunque la expresión es de mi agrado, quedaba hacer balance de daños. En mi caso fui uno de los peores parados del grupo. Desaparecieron de mis pertinencias las siguientes cosas:

  • Dinero (en euros, en dólares y en pesos argentinos) como para poder pasar diez o doce días de viaje.
  • Una tarjeta de crédito.
  • Monedas de todos los países que iba guardando para mi amigo el Culín.
  • Mi cartera, que llevaba conmigo mucho tiempo y que me había regalado mi primo Adolfo, por suerte, vacía.
  • Varios dibujos, manuscritos y recuerdos del viaje.
  • 5 pen drives: tres de los cuales no iban bien, uno estaba vacío y el otro contenía los originales de todas mis fotos desde Buenos Aires, hasta La Paz. Por suerte las había subido a internet, pero a menos calidad.
  • Dos paquetes grandes de medicamentos que, diligentemente, mi señora madre me había preparado.
  • Mi carné de conducir internacional.
  • Un bote de champú casi vacío y otro de anti-mosquitos.
  • Centenares de recibos de las veces que he sacado dinero o pagado con la tarjeta.
Ni siquiera se respetó este fuerte candado que fue vilmente reventado.

Yo he sido el peor parado en cuanto a valor monetario. Mis compañeros han perdido casi por unanimidad sus móviles, cosa que, por suerte, yo no. Y otra de las grandes damnificadas ha sido Helena, ya que a ella le han robado la mochila pequeña entera con su pasaporte dentro. Por fortuna, las embajadas de España funcionan bien y pronto tendremos el nuevo documento.

Tres conclusiones principales saco a los hechos acaecidos la noche de hoy. En primer lugar, los principales culpables de lo sucedido hemos sido nosotros mismos. Una mezcla de inconsciencia, imprudencia, exceso de confianza y mala suerte han provocado el robo. Estábamos en mal lugar y lo sabíamos. La casa no era segura y lo sabíamos. Sin embargo, ni siquiera nos planteamos cambiarnos. Bajamos la guardia, y lo hemos pagado. Lección aprendida. Pero si os digo la verdad, prefiero vivir así, prefiero que me roben cuatro cosas cada seis meses, que vivir con miedo mirando atrás a cada momento a ver si alguien me sigue. Es una consecuencia vital a aquello que hablábamos del estado policial: aunque sea más peligroso, prefiero vivir sin miedo.

A pesar de todo, Santa Marta no está tan mal.

La segunda es que, en ocasiones, la racanería extrema sale cara: pese a que éramos conscientes de que no era el mejor lugar para estar, nos quedamos, queriendo pensar que no nos pasaría nada, con el único motivo de la gratuidad del lugar. Y otra muestra de ello es mi absurdez al viajar con pesos argentinos, que no los cambié en su día porque el cambio que me ofrecían no me parecía el adecuado y como tengo intenciones de volver a la Argentina, decidí llevarlos conmigo. De obtener un mal cambio, he pasado a obtener un cambio por valor de cero. Señores, lo barato, puede salir caro.

Y la última y más positiva, es que la moral de este viajero y del grupo que le acompaña, es inquebrantable. Estaba psicológicamente preparado para que algo así sucediera y me lo he tomado con la misma naturalidad que cuando te cobran de más por ser extranjero, como una eventualidad más del hecho del viaje.

Lamentablemente no se llevaron nada de toda la ropa sucia que tenía, pero aún así he aligerado algunos kilos mi no tan pesada mochila. No hay mal que por bien no venga.

Y en cuanto a las curiosidades del robo en sí, los apresurados ladrones olvidaron en la estancia una sandalia de mujer. Y como muestra del buen humor del grupo pronto comenzaron las bromas acerca de buscar a los culpables con el método de la Cenicienta.

El cuerpo del delito.
Cabús, sometiendo a la prueba de la Cenicienta a Xarli.

Dicho esto, nos cagamos en las remilputas de las madres de los ladrones pero les informamos de que nuestra moral sigue por las nubes y de que a las 12 de la noche, la carroza esa en la que huyeron, se convertirá en calabaza.

Una vez más, ahora en los malos momentos, tenemos una muestra más de que la Épica es una fuerza inquebrantable.