BSO: Un velero llamado Libertad, de José Luis Perales.
Minutos antes de la cena de Nochebuena pasada, le anuncié a mis padres que me iba a ir de viaje a Sudamérica durante un año. La primera reacción fue la comprensible de cualquier progenitor. Pero minutos después, ya estábamos hablando sobre reencuentros en Quito y cruceros por las Galápagos, aprovechando las vacaciones estivales de España.
Y mezclando ese deseo lógico de ver a un hijo, con la generosidad de mi señora madre, aliñados por su deseo de juventud de visitar las Islas Galápagos, acabamos haciendo un crucero por todo lo alto. Y cuando digo por todo lo alto, me refiero precisamente a eso: por Todo lo Alto. En mayúsculas. Ya avanzaba en el post anterior que había estado rodeado de toda clase de lujos, pero hoy vamos a ver en concreto de qué estaba hablando.

Después de aterrizar en el minúsculo aeropuerto de las islas, nos esperaba allí un fulano vestido de marinerito: un atuendo que le hacía caminar entre la delgada línea que separa al mariposón del payaso. El lenguaje en el que este tipo se dirigía a nosotros se sustentaba en dos apreciaciones: nos hablaba como si fuéramos retrasados y nos hacía descaradamente la pelota. Cosa que, como os podéis imaginar, me ponía de los mismos nervios y me daban ganas de meterle un dedo en el ojo.
Y después de esa declaración de intenciones, llegamos al magnífico barco Galápagos Explorer II, lo que iba a ser nuestra morada durante cinco largas jornadas. De un vistazo me di cuenta que estaba rodeado de una multitud de millonarios plurinacionales, donde destacaban por encima de todos los venidos de la tierra esa que separa México de Canadá. Como os podéis imaginar, tras siete meses de maltrato a mis ya de por si maltrechos ropajes, con aquella concurrencia un servidor era de lo más llamativo y extraño. Pero, ataviado de mi inseparable gorra verde y del indispensable polo de rayas, y con altas dosis de saber-estar, me dispuse a integrarme en esa sociedad formada por una amalgama de ricachones de toda procedencia.


No pasaba desapercibido, y a decir verdad, tampoco lo pretendía. En cierta manera era un triunfo del mochilerismo ante el turismo de alta alcurnia, así que decidí, dentro de mis limitaciones, disfrutar de toda clase de lujos durante unos días.
La idea era que hacíamos una excursión por la mañana y otra por la tarde. Y digo excursión por decir algo, pues el recorrido era el mismo para los varios octogenarios que estaban a bordo que para los que todavía no hemos llegado a los 30. Así que como os podéis figurar, un servidor necesitaba un ritmo más elevado y una exigencia física mayor. En definitiva, las excursiones eran maravillosas porque las islas también lo eran, pero yo necesitaba mucha más tralla y con un poco más de energía estoy convencido de que habríamos visto muchas más cosas y en consecuencia habríamos disfrutado mucho más.
Ese era nuestro plan de vida, siempre aliñado por una clara sobrealimentación. Por la mañana desayuno tipo bufet, con un tipo con gorro de cocinero que hacía tortillas al gusto. Después de volver de la excursión, un pica-pica en la terraza. De comer, otro bufet de esos que no se salta un gitano, de los de ponerte tibio y desabrocharte el botón del pantalón. Y obviamente, después de volver de la excursión vespertina, otros canapeses. Y la estrella: la cena, como en el mejor de los restaurantes. La típica cena de, por ejemplo:
- Bouquet de ensalada de camarones aliñada con aceite de finas hierbas y toque de maracuyá.
- Crema de verduras caramelizadas con esencia de magret de pato.
- Redondo de avestruz con pastel de zanahoria y calabaza, con puré de frambuesas y yuca al horno con nueces de macadamia.
- Milhojas de chocolate fundido con arándanos caramelizados con esencia de pistacho.
Y esto lo digo por decir algo, menú totalmente inventado pero que bien podría haber sido nuestra dieta nocturna de cualquiera de los días.



Además de lujos gastronómicos, vamos con otra serie de detalles no menos importantes: Terraza con jacuzzi a 40 grados, piano-bar con camarero con pajarita haciendo cócteles, solarium en la última planta, sala biblioteca con un enorme ajedrez, masajista que hacía tratamientos de barro; y gente, mucha gente trabajando en cualquier esquina dispuesta a hacerte la pelota en el momento que fuera necesario.
Párrafo aparte merecen las toallas. Yo, que viajo con una toalla y la lavo cuando puedo (llamadme guarro, pero una vez cada tres semanas, más o menos), no podía creer que allí se consumieran una media de siete toallas por persona y día: la de la excursión de la mañana, la del jacuzzi de la mañana, dos más para lo mismo de la tarde, la de la ducha, la de los pies y la de la cara. En fin, un derroche sin igual. Y no acaba ahí la historia, pues cada día al llegar te encontrabas las toallas haciendo formas imposibles:


Y todo esto al son que marcaba una voz que no paraba de sonar bilingüemente durante todo el día: «señores, hora de levantarse«, «in five minutes in the piano-bar…«, «en diez minutos desembarcamos en…«, «tienen a su disposición en el salón principal…«, «en la terraza del jacuzzi podrán disfrutar de…«. Aquella voz, que era como el Gran Hermano, no paraba en todo el día de martillearte en la cabeza y de marcarte lo que tenías que hacer en cada minuto.
Sin embargo, lo que más me sorprendió fue que todos aquellos propietarios de abultadas cuentas corrientes, fueran escrupulosamente obedientes a la hora de hacer lo que el Gran Hermano decía. Parecían teledirigidos y nadie se planteaba no hacer lo que en cada momento HABÍA que hacer. Y pongo ese había en mayúsculas, puesto que no deja de ser curioso que en un crucero de megalujo te digan siempre cual es tu deber.

Y claro, yo que llevo ya más de 200 días haciendo lo que me viene en gana, no llevaba para nada bien ese régimen carcelario. Y yo creo que no era el único: un abultado grupo de cincuento-solteronas canadienses no era capaz de encontrar asueto para sus tardíamente revolucionadas hormonas por falta de caballeros dispuestos a complacerlas. Algunos niños a bordo no tenían suficiente espacio para derrochar toda su energía. Varios recién casados no encontraban momentos para hacer uso de su recién estrenado matrimonio. Y este que os escribe se tenía que ir, en contra de su voluntad a dormir a las diez de la noche, porque en la jaula de oro ya no quedaba nada que hacer. Porque a partir de esa hora todo era prohibitivamente caro: internet a 15 dólares la hora (!), un cóctel a 10 dólares (!).
En conclusión, dos cosas me molestaban especialmente: estar completamente encerrado, preso dentro de un hotel de lujo flotante y que me dijeran en cada momento qué tenía que hacer. Eso sí, conseguí sobrellevarlo todo muy bien, sobretodo gracias a la gran familia que formamos en el barco:

Quizás uno no tenga carne de millonario, lo reconozco, pero se me ocurren miles de formas mejores de disfrutar de esas islas que tras unos barrotes de oro.
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Por otro lado, informamos al personal que el próximo JUEVES 16 de SEPTIEMBRE, a las 22.00 hora peninsular de España, llevaremos a cabo la prueba propuesta por Guille Casasnovas en loquequieraspor10euros, el chat multitudinario de seguidores del blog de la Épica.
Para participar debéis tener una cuenta de gmail (si no tenéis cuenta de gmail, haceos una que además os estáis haciendo un gran favor a vuestras vidas: Google, patrocínanos ya!) y aseguraros de tener en contactos de chat al señor Casas o a mí; y estar conectados a la hora y día convenidos.
Cualquier duda que tengáis al respecto estaremos encantados de resolverla vía comment o vía email.






































